Cariño malo, la historia de Fresia
Actualizado: hace 4 días

La elefanta Fresia llegó a Chile en 1940, con apenas tres años de edad, desde Río de Janeiro, Brasil. Su ficha médica se extravió, por lo que su origen exacto es desconocido. Sin embargo, todo indica que fue víctima del tráfico ilegal.
Durante 51 años vivió en el mismo rincón que hoy ocupan Protea y Jumbo, en el Zoológico Nacional. En ese entonces, el recinto era aún más pequeño: apenas unos 300 m². Para una especie capaz de recorrer hasta 10 kilómetros diarios a un ritmo de 7,2 km/h, ese espacio era una cárcel mínima. Fresia podía cruzarlo en segundos, de un extremo a otro, en un entorno estéril e insignificante.
Se convirtió en la gran atracción del zoológico. El público podía acercarse demasiado, incluso con niños pequeños. A los visitantes se les permitía alimentarla con maní, papas fritas, dulces, tortas de crema y otros productos inapropiados. Su cuerpo pagó el precio: su hígado se deterioró con los años.
En 1952 fue intervenida quirúrgicamente luego de que una persona arrojara un fierro a su recinto, el cual quedó atrapado en su trompa. Un incidente similar ocurrió en 1958.

Las décadas de encierro afectaron gravemente sus articulaciones. Según testimonios de trabajadores del zoológico, Fresia sufría dolores constantes. El 14 de mayo de 1991 se desplomó y no pudo volver a levantarse. En esa posición, su propio peso comprimía sus pulmones y su tórax.
“Fresia movía a ratos sus patas y trompa, miraba alrededor con los ojos húmedos. Esto causó gran tristeza a quienes la asistieron en sus últimos momentos de vida, la que se apagó sin emitir quejidos”, relató al diario El Mercurio el 18 de mayo de 1991 el hoy cuestionado veterinario del zoológico, Víctor Riveros, vinculado a circos con animales.
Fueron cuatro días de agonía. El 17 de mayo de 1991, Fresia murió.
"Los elefantes viven en grupos sociales complejos y establecen relaciones que duran décadas, y tienen un concepto de la muerte que perdura durante años. Se ha observado que lloran a sus muertos en grupo y con comportamientos aparentemente rituales, que suelen consistir en tocar los huesos y los colmillos y recogerlos suavemente con la trompa, permaneciendo muy callados. A veces cubren el cuerpo con hojas y hierba." (**)
Fresia, en cambio, murió rodeada de personas que la observaban. Durante su agonía, fue fotografiada y grabada. Su vida fue indigna, incluso después de su muerte.

Cabeza errante
El zoológico quiso seguir exhibiéndola. La intención inicial fue embalsamar su cuerpo completo, pero el alto costo lo impidió. Finalmente, se decidió separar su cabeza y preservarla.
Durante más de seis años permaneció almacenada en el Museo de Historia Natural de Quinta Normal. El 24 de septiembre de 1997, en el marco del aniversario 167 del museo, fue exhibida en la entrada como parte de la muestra “Chile Biogeográfico”. La reacción del público fue inmediata: numerosas personas manifestaron su impacto y rechazo. La cabeza fue retirada antes de finalizar el año y relegada nuevamente a una bodega.
En 2012, la cabeza embalsamada de Fresia fue devuelta al zoológico y enterrada junto al resto de su cuerpo.


Fresia nunca pudo expresar los comportamientos propios de su especie. No caminó largas distancias. No utilizó su trompa para explorar, arrancar vegetación o excavar. No vivió en grupo, no formó vínculos, no eligió compañía. Nunca se revolcó en el barro ni se sumergió en el agua.
Vivió rodeada de personas que no entendieron —o no quisieron entender— su naturaleza. Para ellos, fue un espectáculo, un objeto de afecto mal dirigido, un juguete, un amor mal entendido, un cariño malo.

Fresia no fue un caso aislado. Su historia no quedó atrás con su muerte.
Años después, Ramba también pasaría gran parte de su vida en condiciones que hoy nos obligan a cuestionar lo que antes entendíamos como espectáculo. Actualmente, en el mismo Zoológico Metropolitano de Santiago, Protea y Jumbo habitan un espacio que, aunque ha cambiado, sigue siendo un terreno inerte y vacío; una fracción insignificante de lo que la naturaleza exige para su especie.

La vida de Fresia nos obliga a cuestionarnos: ¿Qué estamos dispuestos a seguir permitiendo?
Porque los elefantes no han cambiado. Siguen necesitando espacio, vegetación viva, compañía, barro, agua, decisiones propias. Siguen sintiendo, recordando y estableciendo vínculos que duran toda la vida.
La historia de Fresia no pide lástima, pide memoria y, sobre todo, decisiones.
Referencias:
*Investigación del periodista Leonardo Vásquez (Texto completo en https://es.scribd.com/doc/116039788/El-Zoologico-al-Desnudo
** CAWF Elephants in Captivity Report , Dr. Rob Atkinson & Dr. Keith Lindsay.




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